Hay cosas que te chocan cuando cruzas los
Pirineos... y te adrendas en ese terreno peligroso para un español, que es
Francia... Efectivamente, estoy en la tierra chobinista por excelencia y si han superado una huelga, yo no soy mas que una mota de polvo.
Pero volvamos a las diferencias del día a día, pues entre dos tierras estoy.
Como por ejemplo, que si pides carne en un restaurante te la traigan cortada... pero en la mesa de enfrente han pedido pescado, el camarero dignamente se le ha presentado y se le abierto y quitado las espinas... todo un señor con su barba y el camarero actuando como haríamos a un niño, por lo que me traigan partida la carne, carece de importancia.
Otra cosa curiosa es la forma de pago, pues no se llevan de paseo la tarjeta, sino que te cobran en la mesa, y no pierdes de vista el plástico. Esto, en cambio, me gusta y deberíamos importarlo. Aunque no te piden un documento de identidad.
Y de fondo, alguien cantando sobre volver y recuerdos... en castellano ¿donde me habré metido?
Aunque todo esto no es nada, comparado con el hotel... Pues me encuentro descansando antes de ir a cenar y llaman inesperadamente -como no podría ser menos- a la puerta, se trataba de una camarera que me dice algo en francés, comento que no hablo francés y me indica que ella tampoco ingles -inciso, estoy en un hotel de cuatro estrellas, en la
Costa Azul- como el dialogo es imposible la hago un gesto para que entre... y que sea lo que Dios quiera... y fue abrirme la cama, acomodar las almohadas y dejar un par de caramelos... la falto darme las buenas noches, y un besito... Por esto, no creo en Dios, nunca quiere, lo que yo quiero.
Empiezo a pensar que los franceses son muy raritos... e inútiles, pues todo se lo dan hecho.
Por estas cosas me gusta viajar, todo es tan igual, salvo en las pequeñas y cotidianas cosas...
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